Refugios de piedra entre cumbres y bosques.
Subir es una forma de irse. Cada cien metros de altitud, el aire se aclara, la voz baja, los problemas se hacen más pequeños porque hay más cielo encima de ellos.
España tiene más montaña de la que parece: el Pirineo, los Picos de Europa, la Sierra de Gredos, las Alpujarras, el Moncayo, los Ancares. Cada cordillera tiene refugios, pequeñas casas rurales, monasterios reciclados en hospederías. Allí se duerme bien. Se come fuerte. Y, sobre todo, se calla mucho.
Hayedos, ríos color jade, un parador al fondo de un circo glaciar. Para perderse una semana de octubre.
Aldeas colgadas, queso azul, niebla por la mañana. Bulnes solo se llega a pie o en funicular.
Pueblos blancos en terrazas, acequias árabes, calabazas colgadas. Yoga al amanecer entre almendros.
Bosques de robles centenarios, monasterios desocupados, ríos para meter los pies. Casi nadie.
Lo primero, casi nada. Las primeras 48 horas, el cuerpo se aclimata y la cabeza también: bajan las pulsaciones, baja el ruido interior. A partir del tercer día, el sueño cambia. Aparecen ganas naturales de caminar, de leer, de mirar fijamente el fuego.