Diez días sin prisa por la península.
Diez días, cuatro etapas, un solo principio: cada lugar se merece quedarse al menos dos noches. Esta es una sugerencia, no una obligación. Cámbiala, recórtala, alárgala. Hazla tuya.
Tren a Ourense. Tarde de fuentes termales públicas a orillas del Miño. Cena ligera, primera noche larga.
Mañana de baño termal y vapor. Comida de pulpo y vino blanco. Paseo de tarde por el casco viejo.
Día de viaje sin culpa. Tren panorámico, parada larga para comer, llegada al valle al atardecer.
Tres horas por hayedo y río. Comida fría en una piedra. Tarde de lectura en porche con manta.
Sin plan. Si hace sol, paseo largo. Si hace lluvia, novela y chimenea. Cena temprana.
Coche o tren hasta la Costa Brava. Cambio de paisaje, cambio de luz. Primera cala al atardecer.
Cuatro horas de sendero costero entre calas. Baño rápido. Comida de pescado a la brasa.
Mañana en el mercado, tarde en una cala vacía con un libro. Atardecer en el faro.
Avión o tren largo —lo asumimos como parte del viaje— hacia el sur. Llegada a un pueblo blanco. Cena con vistas.
Último paseo al amanecer. Desayuno largo. Diario abierto. Volver con la sensación de haber estado más, no menos.
Si solo tienes una semana, quédate con tres etapas en lugar de cuatro. La prisa es lo único que no te puedes permitir.